Remoldear el cristianismo

Pbro. Lic. Sergio Díaz Lepe

No estoy de acuerdo en afirmaciones que se refieren al Cristianismo como propuesta, como época o como una misión a favor del ser humano sólo hasta el final de la historia. Afirmaciones del estilo: “Jesucristo ya pasó, el mundo le ve la espalda”; “vivimos en una era postcristiana”; “el humanismo cristiano ya se terminó”, etc.
Lo que Cristo nos reveló de Dios, su Padre, tiene efecto hasta el final de la historia humana. La garantía es la última palabra del Padre proclamada en la Resurrección de su Hijo Jesús y en el Don del Espíritu Santo.

Jesús vive para siempre

Aunque usamos la misma palabra para referirnos a la resurrección de Lázaro o al hijo de la viuda de Naim, la Resurrección de Jesús es un dinamismo diferente. En las primeras, Lázaro y el joven volvieron a la vida para morir otra vez. Jesús, en cambio, alcanzó la vida en plenitud para ya no morir más. Jesús vive para siempre, y con Él su revelación: Él es el camino, la verdad y la vida; principio y fin, alfa y omega de todo lo proyectado por Dios.
No se incluya al cristianismo en una operación de moda –reconstruir– por los últimos acontecimientos que ha sufrido nuestra Patria. La Revelación Cristiana es Vida que se desarrolla en la dimensión escatológica –el “ya pero todavía no”– y se ofrece como la mayor esperanza que puede tener el ser humano, pues abarca esta vida y la eterna.
El humanismo de Jesús de Nazaret ha estado presente a lo largo de dos milenios a través hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas –como el humanismo cristiano de Teresa de Calcuta– y lo seguirá estando hasta el final de la historia (cfr. Mt 13,52; 2Pe 3,13).

Articulación entre revelación cristiana y cultura

La Revelación Cristiana sirve a la cultura –o culturas humanas– enriqueciéndola con nuevos valores y purificándola de antivalores. A su vez, la cultura le ofrece a la Revelación los moldes culturales para aterrizarse en la vida de las personas. Se trata de dos realidades diferentes, aunque parezcan una sola. De hecho, los cristianos entendemos por evangelizar “inculturizar el evangelio”, o “hacer del evangelio una cultura”: la cultura cristiana.
Sin embargo, no son lo mismo: se trata de un contenido que no cambia ni dejará de existir: la Revelación Cristiana; y un molde o contenedor –la cultura– que es cambiante. Es un error confundirlas, porque nos equivocaremos a la hora de trabajarlas para avanzar y mantenernos fieles a Dios y fieles al ser humano.

Remoldear el cristianismo

Tristemente, ya estamos aplicando acciones equivocadas a nuestro cristianismo enfermo a todos los niveles de acción y de Iglesia: desde la pequeña comunidad cristiana de una parroquia hasta más arriba, e incluso muy arriba; aplicamos decisiones autoritarias, señalamientos prepotentes o apasionados, hasta blandiendo como bandera o como espada el pobre Santísimo Sacramento en la custodia.
Inventamos nombres para nuestras asambleas litúrgicas o de pastoral evangelizadora con una florida creatividad, una verdadera “cosmetología” espiritual: muchas nuevas pastorales, misas con nuevos nombres, con tiempos records en la celebración, con horarios intocables, con creencias y “prácticas deshilachadas”; fieles cristianos rallando en prácticas supersticiosas, padrecitos sacando demonios por iniciativa privada, pastorales radicalizadas, por inspiración personal, en el verticalismo o el horizontalismo de su posición teológica, poniéndole las cruces o domesticando a los laicos que estudiaron teología en alguna escuela… o confundiendo religiosidad popular con ignorancia religiosa.
Ciertamente hay muchos escombros que levantar y tirar, pero no están en la Revelación Cristiana, sino en los moldes culturales que quedaron superados y no hemos encontrado los que necesitamos para seguir con fidelidad a Dios y al ser humano de hoy.
Somos nosotros, los que formamos la Iglesia, a los que toca encontrar los nuevos moldes de nuestra cultura tan necesitada de redención y salvación, como la cultura del tiempo de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.
Igual, el ser humano de hoy, de nuestra cultura, necesita a Dios. Y no así, a secas, sino al Dios revelado por Cristo, que es una Comunidad de conocimiento y amor. Y no sólo creer en Él, sino creer como creyó Jesús.
Necesitamos el humanismo practicado por Jesús, que quiso y quiere que se convierta en cultura: la misericordia, que tiene como punto de partida y fuente el mandamiento de “pasión por Dios y compasión por el prójimo”. Necesitamos conversión desde el corazón, que provoque en nosotros un cambio integral, que nos beneficie a nosotros, a todos los seres humanos y a todo nuestro entorno.
Insisto entonces en que no es el Cristianismo (Contenido), sino los moldes culturales (contenedor) lo que necesitamos remoldear. “…Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios… Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente. Pero no sólo ella, también nosotros, los que poseemos las premisas del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo” (Rm 8, 19-23).

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