Reflexiones sobre el cuidado de la Casa Común

Pbro. Vinicio Cedeño Pérez

La ecología ha sido bien recibida en el seno del pensamiento cristiano. El espacio otorgado a este tema manifiesta claramente el interés suscitado por el problema ecológico en los últimos años. Se trata de uno de los desafíos más graves del momento presente porque pone en verdadero riesgo el futuro del planeta y provoca una angustia generalizada en la humanidad.

Hay, pues, una aceptación generalizada de la gravedad, pero hasta la fecha no se han logrado consensos de interpretación y menos de solución ética, política y jurídica del problema. En este artículo se pretende exponer algunos factores de la descomposición ambiental y algunas razones por las cuales esta realidad llega a ser un problema religioso y, por tanto, teológico.

El problema ecológico
Desde hace algunos años el problema ecológico ha ocupado un lugar preponderante en la cultura contemporánea. Se habla de este problema en los medios de comunicación masiva, es parte de los programas de educación, se han creado organismos, legislaciones e instituciones que tienen como objetivo el cuidado, la conservación y la recuperación del entorno ambiental… Sin embargo, todavía faltan hechos concretos, a nivel global, que favorezcan el equilibrio ambiental.

Factores de la crisis ecológica
Si bien no existe un consenso universal en la interpretación y en la búsqueda de soluciones al problema ecológico, lo que sí existe es la unanimidad en la enumeración de factores de descomposición ambiental, tratándose de datos objetivos.

Se enumeran cuatro factores conforme al impacto que han causado en la sociedad: la contaminación ambiental, la superpoblación, la extenuación de los recursos naturales y la carrera armamentista, junto al problema de la energía nuclear.

Hasta hace poco más de cien años el mundo podía asimilar o reciclar naturalmente, sin ninguna complicación, estos desechos que eran insignificantes. Con el nacimiento de la sociedad industrial, que originó a su vez la sobre-producción y explotación de elementos químicamente no degradables, aunado a la cultura de consumo, el mundo se ha saturado de desechos químico-nucleares, los cuales son asimilados o tratados en procesos naturales sólo hasta cientos de años después.

Como cualquier organismo vivo saturado, el mundo presenta síntomas graves de enfermedad, pues se ha acrecentado la cantidad de esos desechos. A nivel local, en algunas regiones, los síntomas de saturación o contaminación registran ya situaciones graves de deterioro y daño irreversibles. El factor de la contaminación es el que más impacta a la opinión pública, ya que afecta a los elementos más indispensables para la vida, como el agua, el aire y la tierra.

El problema demográfico, aun siendo un dato objetivo, es muy propenso a manipulaciones por parte de organismos internacionales, gobiernos locales o instituciones. Todo recurso sobre la tierra es limitado, aunque algunos por su naturaleza son renovables, otros no lo son; una vez consumidos nunca más podrán ser utilizados, se pierden para siempre. La mayoría de los recursos han sufrido una explotación salvaje e irracional, incluso al punto de agotarse definitivamente. Si se considera a las especies vegetales y animales como recursos naturales nos enfrentamos a la pérdida definitiva de muchas de las especies que, por causa de una mala gestión humana sobre el medio ambiente, ya se han extinto o están en peligro de hacerlo.

El último factor de la crisis ecológica es el de la carrera armamentista, sobre todo la potencia devastadora del arsenal nuclear. Se ve con escándalo cómo los países en vías de desarrollo duplican el presupuesto militar, a costa de la población menos protegida. Esa injusticia local se universaliza en el desproporcionado gasto militar de las grandes potencias.

¿Ha sido el cristianismo causa
del deterioro ambiental?
Algunos consideran que el cristianismo, en occidente, ha sido el sustrato ideológico del que ha brotado un tipo de relaciones hombre-naturaleza antiecológicas. Esta acusación tiene tres consecuencias graves: se hace parecer al cristianismo como una religión antiecológica, se favorece la aceptación del retorno a las religiones paganas que divinizaban la naturaleza y se cuestiona el antropocentrismo para equiparar al hombre con la naturaleza.
En este sentido es necesario hacer una apología de la fe que responda a la acusación de los ecologismos y para salvaguardar la dignidad de la persona con todas sus consecuencias sociales, políticas y jurídicas. A saber, la actitud apologética frente a la acusación no es de carácter inquisidor, sino de diálogo abierto y sereno.

Teología y Ecología
La fe cristiana, que no es ajena al contexto en el que se profesa, se siente desafiada e interpelada ante la situación. Es el carácter excepcionalmente alarmante de estos datos lo que hace urgente la aportación teológica. La teología es desafiada a dar una respuesta que ilumine y oriente, que denuncie y diseñe desde su bagaje doctrinal un tipo de relaciones entre hombre y creación. Acusada de ser un factor desencadenante o, al menos, acelerador de la crisis ambiental, tiene la obligación y el derecho de esclarecer con humildad su pretendida contribución a tan grave problema. Pero más que eso, de redescubrir en la feelementos verdaderamente ecológicos que favorezcan a una sana y equilibrada interrelación Dios-hombre-mundo.

Ecoteología

La reflexión teológica sobre la ecología se sitúa en el marco de una ecología profunda o mental, y su fin es suscitar la conversión ecológica, es decir, una adecuada relación hombre-naturaleza según el proyecto originario de Dios manifestado en la Revelación.

Las principales corrientes teológicas que se han interesado en el problema ecológico, y ahora se presentan, son las siguientes: el Consejo Mundial para las Iglesias vio con profunda preocupación los problemas sociales de ecología, pobreza e injusticia y los anexó a la agenda de sus asambleas generales y de su reflexión teológica a partir de 1975. La Teología del proceso, que se elabora a partir de la «filosofía del proceso» de Alfred North Whitehead y de Charles Hartshorne, ofrece elementos para una ecoteología. Para la Teología de la liberación la tierra amenazada se convierte, como el pobre explotado, en «lugar teológico» del que parte la reflexión creyente, porque hay profunda interrelación entre la explotación del pobre y de la tierra; la pobreza y el problema ecológico tienen la misma causa y ambos conducen a la muerte, una muerte injusta y prematura. El ecofeminismo es una de las corrientes teológicas más innovadoras; en el fondo no se trata de mostrar el lado femenino de la Escritura o la Tradición, sino de un cambio total de la epistemología teológica, la cual apunta a poner mayor seriedad en los ritmos de la naturaleza, tan necesitada de disciplina y control. Por último, Jurgen Moltmann es un teólogo que, en la cuestión teológica, merece una mención aparte; elabora la teología de la creación desde una perspectiva ecológica, soteriológica y trinitaria, desde la que elabora también la antropología.

Distintas posturas en torno
a la salvación de la naturaleza

Dicho lo anterior, se analizan las posibles vías de reflexión teológica y de compromiso ético para una sana relación hombre-naturaleza. Se pueden mencionar tres universos ideológicos a partir de los cuales se busca la solución al problema ecológico: el antropocentrismo prometeico, que confía que la salvación venga de las nuevas invenciones de la ciencia y la técnica; el cosmocentrismo panvitalista, que sostiene la mala relación hombre-naturaleza y opta por limitar y someter al hombre; y, por último, el universo del humanismo creacionista. Este último es el ético y teológicamente más correcto, porque respeta el lugar preponderante del hombre, pero atempera todo antropocentrismo prometeico con la confesión del Dios creador y del destino universal de la salvación. El término salvación, por tanto, tiene diversas connotaciones y sugiere, aplicado a la ecología, diversos caminos de salvación.

Desafío ético
En Dt 30, 15-20 Dios invita a su pueblo a elegir entre la vida y la muerte. También hoy, el hombre está frente al desafío ecológico de tomar una decisión que lo pueda conducir a la vida o la muerte. Y al hablar de una decisión se está hablando de la ética, por tanto, el problema ecológico es un problema ético que reclama un fundamento teológico.

La crisis ecológica debe favorecer el alumbramiento de una ética basada en la solidaridad con todos los seres humanos y con la creación, de la que formamos parte constituyente. Esta idea solidaria debe responder al asunto de la justicia con la generación actual y de solidaridad con las generaciones futuras, que tienen derecho de vivir en un mundo ecológicamente habitable.

Desafío antropológico
La antropología cristiana ofrece un bagaje de cierta y profunda esperanza en el Dios que ha creado y salvado al hombre. El optimismo esperanzador está en la experiencia continua de salvación, porque esta salvación, que a los ojos humanos parece imposible, es posible para Dios. La esperanza en la salvación encamina al hombre a realizar lo que está en sus manos, a fin de alcanzar eso imposible que sólo puede venir de Dios. El esfuerzo humano para responder a la gracia de la salvación nos evita, de la misma manera, propugnar un quietismo antropológico, a fin de evitar la destrucción del medio ambiente.

El cristiano ha de recordar que todo ensayo de divinización de la naturaleza termina por demonizarla, por forzar al hombre a que de nuevo se postre ante los poderes cósmicos y los adore. La fe bíblica ha desmitificado definitivamente al mundo, a la vez que otorga al hombre un primado ontológico y axiológico sobre la creación infrahumana. Desde el punto de vista cristiano las soluciones a la crisis ecológica no pasa por la abdicación de la dignidad humana, ni por la pseudo-personalización de la naturaleza, sino que, el hombre, con el único sujeto con quien puede mantener relaciones personales es Dios y consigo mismo, y es ésta la vía más directa y conveniente para enmendar el deterioro ecológico.

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