¿Por qué cambian a los sacerdotes?

Pbro. Lic. Sergio Díaz Lepe

En toda la Iglesia es una práctica común cambiar a los sacerdotes de lugar y de servicio, especialmente a los sacerdotes diocesanos. Los católicos conocemos esa práctica, pues por nuestras comunidades han pasado varios –unos más tiempo que otros– y dejando más o menos huella en la vida del pueblo. De alguna manera sabemos que así es la disciplina de la Iglesia y que corresponde al obispo en turno la autoridad para hacerlo.

Libertad, espiritualidad y obediencia
Se habla de “disciplina de la Iglesia”, pero en realidad debe ser, más bien, una parte de la espiritualidad del sacerdote, reflejado en la “promesa de obediencia” que se hace dentro de la celebración del Sacramento del Orden. Es un signo importante para aterrizar nuestra decisión de ser libres para amar y servir en esta vocación tan hermosa el poder decir, como Jesús: -“el Padre me ama porque yo doy mi vida… nadie me la quita… soy yo quien la da por mi propia voluntad” (Cfr. Jn 10,16s.)
No siempre es sencillo vivir los cambios así. No siempre es fácil conjugar autoridad (del obispo) con libertad (del sacerdote). Se pueden dar tantas variables –de todo tipo– en la vida de los sacerdotes, que rompen el binomio “disciplina – espiritualidad” o “autoridad – libertad”.
Establecida la promesa de obediencia al obispo –como parte de la espiritualidad sacerdotal, como signo de libertad para entregar la vida en un servicio– es fácil descubrir la necesidad del cambio para mantener y alimentar la espiritualidad sacerdotal. El obispo, que como padre debe buscar el bien personal de sus sacerdotes, pero también debe buscar el bien diocesano, tiene que hacerlo a veces por sobre resistencias y reticencias de los protagonistas de la vida diocesana: comunidades y pastores.

Ventaja de cambiar a los sacerdotes
El Beato Papa Pablo VI afirmaba que los sacerdotes debían ser “profesionales de Dios y profesionales del hombre”, y mantenerse “fieles a Dios y fieles al hombre” para cumplir su misión. Pues bien, para esto es una gran ventaja la rotación de los sacerdotes en los diferentes lugares y servicios de la vida diocesana. Nuestra diócesis, por ejemplo, está organizada en cinco zonas pastorales por sus características diferentes: en su geografía, recursos naturales, fuentes de trabajo, expresiones culturales y religiosas, etc., predominantes. Sería más difícil aún cumplir con la profesionalidad y fidelidad exigida al sacerdote si no se le cambiara periódicamente.
La Iglesia Universal se mantiene atenta a la formación de los sacerdotes tratando de seguir los cambios del mundo, que son cada vez más rápidos, y va renovando las normas generales de la formación sacerdotal a través de “La Congregación para el Clero”. El último documento, fruto de un arduo trabajo, ha sido firmado por el papa Francisco el 8 de diciembre de 2016. Describe el proceso formativo de los sacerdotes a partir de cuatro notas características de la formación: única, integral, comunitaria y misionera. El papa Francisco quiere recordarnos que un presbítero no es un funcionario, sino un pastor ungido para el Pueblo de Dios, con el corazón compasivo y misericordioso de Cristo por las muchedumbres cansadas y agobiadas.
En la edición conmemorativa de esta revista, por los 125 años de la Diócesis, en esta misma sección perfilé, en mi visión personal, al sacerdote diocesano de Tepic como “el hombre de Dios, testigo de la misericordia de Dios y constructor o reconstructor del tejido social”. Todo este recuento de acciones de Iglesia, por la importancia del sacerdote y su ministerio pastoral, nos lleva a la misma conclusión, tema de este artículo: la necesidad y ventaja del cambio de lugar o de servicio de los sacerdotes. Esta práctica de rotación o cambio provoca el mismo efecto del movimiento y oxigenación que se aplica al agua de las albercas: se mantiene apta para su fin. El sacerdote en movimiento y oxigenación física, psicológica y espiritual, se mantiene apto, y cada vez más, para la misión.

El gran reto de este cambio: la forma de hacerlo
Esta práctica de tradición en la Iglesia Católica se hace desde la fe y por la fe del obispo, del sacerdote y de la comunidad cristiana. Los tres en una acción de Iglesia mirando hacia el bien común: un mundo más humano que es el sueño de Jesús. Con una actitud de esperanza y amor que parte del corazón de Jesús hacia afuera, hacia la periferia, “hasta los confines de la tierra…”. Con un buen trato humano, paterno y filial en toda circunstancia, aún en las situaciones de emergencia, de errores y pecados.
Desgraciadamente, este ideal para hacer los cambios, en lo concreto de la vida diocesana no es tan sencillo; nunca lo ha sido; “…siempre se discute por el camino quién es el más importante”. Aquella enseñanza de Jesús: “-el que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos…” (Cfr. Mc 9,33ss) no es fácil hacerla actitud de vida.
Las instancias de autoridad para hacer los cambios deben hacerlo valorando al sacerdote como colaborador en una misión común e importante, y no como empleado o funcionario. De parte de las comunidades se necesita tener un sentido humano y cristiano elemental para aquel hombre que les entregó parte de su vida en un servicio de amor, y no con el criterio de úsese y tírese. Y de los sacerdotes entre sí, el sentido fraterno y de “partner”, como lo afirma Benedicto XVI, por la Palabra que nos llama y nos envía, y no de “¿acaso yo soy guardián de mi hermano?”, o de “ese hijo tuyo viene… y le haces fiesta”.

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