Navidad: Descubrir a Jesús en los pobres

Pbro. Juan José Olmos Medina

Celebrar la Navidad debería remitirnos siempre al momento decisivo en el plan divino: cuando llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer.
Esta festividad que evoluciona en sus manifestaciones externas, en su origen nos “religa” necesariamente a ese momento histórico y decisivo: el nacimiento de Jesús, que sigue siendo, después de dos mil años, en las proféticas palabras del viejo Simeón, signo de contradicción, personaje enigmático y puesto para encumbrar a algunos y precipitar a otros; objeto de estudio y debates en círculos intelectuales; y para el mundo cristiano: el centro de nuestra fe.

A la búsqueda del Jesús histórico

Muchos han querido quedarse en ese momento del siglo primero de nuestra era, dándose a la búsqueda del Jesús histórico, así llamado en los ambientes académicos. Es abundante la bibliografía que en las últimas décadas ha suscitado la “presencia histórica” de aquel judío, que en Galilea y en otras partes pasó haciendo el bien.
Los resultados de esta búsqueda del Jesús histórico nos han dado la posibilidad de entender mejor el entorno sociocultural del imperio grecorromano en el primer siglo de la historia reciente; las ciencias auxiliares nos han ampliado el panorama y nos han ayudado a una mejor comprensión del dato revelado; pero Jesús es mucho más que un acontecimiento del pasado y sigue vivo y presente en su Iglesia.

¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?

El relato que Mateo nos ofrece cuando habla de los magos de oriente, nos permite descubrir en estos personajes una actitud básica y elemental en nuestra fe, la búsqueda de Dios: “Hemos visto su estrella y hemos venido para adorarlo”. La contemplación y la lectura de los signos los urge a ponerse en camino. Si queremos descubrir la presencia del Hijo de Dios en nuestra vida, hará falta que nos mantengamos en actitud de búsqueda constante, y si en algún momento perdemos el rumbo, con humildad, como los magos, pidamos ayuda y preguntemos: “¿dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”.
Descubrir la presencia de Jesús no siempre resulta una tarea fácil; es necesario que alguien, como a los magos, nos dé las señas generales: “en Belén de Judá, porque así lo ha dicho el profeta…”; y se requiere también que, como a los pastores, se nos abunde en pistas concretas: “Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2, 12). Necesitamos ir de lo más a lo menos, para terminar postrados ante el Señor en adoración y abriendo nuestros corazones ofrecerle lo mejor que tenemos.

En la pequeñez de un recién nacido


Descubrir la grandeza de Dios en la pequeñez de un recién nacido es una tremenda paradoja. Es un acontecimiento que choca y repugna a la mentalidad humana, y más a la actual, siempre en espera de lo insólito, porque ya poco nos sorprende; de lo extraordinario, por nuestra incapacidad de maravillarnos con lo pequeño; de lo grandioso, porque hace alarde.
La pedagogía divina está llena de exquisitez y ternura. El comienzo y la prolongación de la presencia del Reino se da a partir de un puñado de levadura que va fermentando toda la masa; parte de una semilla de mostaza, que siendo de las más pequeñas entre las semillas crece y se vuelve refugio y descanso para las aves. Lo que pasa con el Reino pasa también con el Rey Jesús, que sin aferrarse a su condición divina ha asumido nuestra naturaleza, haciéndose así en todo semejante a nosotros, menos en el pecado.
Jesús ha querido nacer de manera discreta, callada, casi anónima, y su misterio se revela sólo a quienes, con actitud de búsqueda y sencillez de corazón, lo descubren donde muchos nada ven.
Si nos maravilla el nacimiento del Hijo de Dios, más debe sorprendernos el saber que sigue entre nosotros, que ha querido quedarse y que al pie de la letra es el Emmanuel, quien aseguró a sus discípulos: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Propongo tres formas en las que Jesús, el señor de la historia, ha querido quedarse entre nosotros: presencia espiritual, presencia sacramental y presencia fraternal.

Presencia Espiritual

“Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”. Con estas palabras y otras enseñanzas, Jesús garantiza a sus discípulos que no los deja en el desamparo, que sigue con ellos.
¿Cómo experimentar la presencia espiritual de Jesús en nuestras vidas? ¿Qué medios tenemos para propiciar el encuentro espiritual con Jesús? Primero hemos de mencionar, por su importancia, la Sagrada Escritura, como medio privilegiado para acceder al encuentro con Jesús. En la Biblia no sólo el Antiguo Testamento apunta y orienta a la llegada del Salvador, sino que de manera especial el Nuevo Testamento –y los evangelios particularmente– nos llevan a Él. Los evangelios no hablan de Jesús: Jesús habla en los evangelios. Jesús mismo es Palabra viva y Buena Nueva.
Pero no sólo la Palabra divina nos conduce a esta presencia, también la oración. Cuando oramos entramos en diálogo con el Señor que es el mismo ayer, hoy y siempre. Son muchos los testimonios donde el creyente “de a pie” y los grandes místicos han tenido en la oración frecuente y devota una puerta siempre abierta para experimentar la fortaleza, el consuelo y la paz que nos ofrece Jesús. “Vengan a mí los que están cansados y fatigados y en mí hallarán paz y descanso”.
Si queremos experimentar la presencia espiritual de Jesús en nuestras vidas, la lectura meditada de la Palabra y la oración se nos presentan como camino seguro.

Presencia Sacramental

Una segunda forma de quedarse y permanecer entre nosotros es la presencia sacramental. Con esto aludo a Jesús, que se queda entre nosotros y se ofrece como alimento vivificante: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6, 35).
Con su presencia sacramental ha querido el Señor no sólo ser el compañero de camino que anima y escucha. Al darse Él mismo como alimento nos propone una nueva forma de relacionarnos, más íntima, más plena, por eso la llamamos comunión (común-unión). El pan y vino, por la consagración eucarística quedan convertidos en el Cuerpo y Sangre de Jesús. Éste, como afirmamos, es el Sacramento y el misterio de nuestra fe.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (Jn 6, 51). ¿Cómo experimentar la presencia sacramental de Jesús en nuestras vidas? ¿Qué medios tenemos para propiciar el encuentro sacramental con Jesús? Desde luego que la comunión sacramental, es decir, recibir el Cuerpo de Cristo dentro de la celebración eucarística –y algunos en circunstancias particulares fuera de ella, como los enfermos– es la forma más plena de entrar en su presencia.
Para aquellos que por distintas razones no pueden acercarse a la comunión, no están privados de esta presencia sacramental, pues Jesús está en la reserva eucarística en cada Sagrario, allí donde nos aguarda para ser escuchados y escuchar.

Presencia Fraternal

El acceso a la presencia espiritual y sacramental de Jesús es, por decirlo así, relativamente fácil. Para muchos de nosotros la lectura de la Palabra, la oración y la Sagrada Comunión se han vuelto algo frecuente. Somos testigos que en algunas regiones de nuestra diócesis las visitas al Santísimo Sacramento se han multiplicado gracias a las capillas de adoración perpetua y al compromiso de muchos grupos y movimientos de tintes eucarísticos. Lo que no resulta fácil es descubrir la presencia de Jesús en el prójimo y en el hermano.
Jesús nos exhorta continuamente a practicar la misericordia con los hermanos, especialmente con los más necesitados. El Evangelio de Mateo en el capítulo 25 nos ofrece un texto maravilloso que nos invita a descubrir la presencia de Jesús en los necesitados. “¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les responderá: les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”. Leyendo el pasaje completo constatamos la sorpresa de quienes son colocados tanto a derecha como izquierda; parece que ellos mismos caen en la cuenta solamente hasta al final que el haber hecho el bien a los demás, o negarse a hacerlo, fue determinante para la inclusión o exclusión en el Reino de los cielos.
Aunque nos parezca difícil de entender, y más aún de aceptar, Jesús se hace presente en el hermano; ésa es la presencia fraternal.
Descubrir el rostro de Jesús en los que nos rodean sigue siendo un reto para la plena vivencia de la fe y la práctica de la vida cristiana.
¿Cómo experimentar la presencia fraternal de Jesús en nuestras vidas? ¿Qué medios tenemos para propiciar el encuentro fraternal con Jesús?
Si la Palabra de Dios y la oración posibilitan el encuentro espiritual con Jesús, las visitas al Santísimo Sacramento y la Sagrada Comunión el encuentro sacramental, son la caridad y las obras de misericordia las que nos capacitan para el encuentro con Jesús en el hermano, especialmente con los desposeídos, enfermos, pobres y sufrientes.

No te olvides de los pobres

San Juan Pablo II instauró la Jornada Mundial del Enfermo como un recordatorio a toda la Iglesia que los que sufren y se unen a la pasión del Señor a través del dolor, también son parte importante de la comunidad de creyentes, y nos animaba a volver la mirada y el corazón a ellos.
El Papa Francisco, no queriendo olvidarse de los pobres, clave de lectura para entender su pontificado, convocó a celebrar el domingo XXXIII del tiempo ordinario –apenas el pasado 19 de noviembre– la primera Jornada Mundial de los Pobres, y decía en su mensaje para tal ocasión: “Es mi deseo que las comunidades cristianas… se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta”; pero al mismo tiempo advertía: “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica”.

De la celebración de la fe al compromiso social

Hemos deformado la identidad y la misión de la Iglesia privilegiando la evangelización y la liturgia a costa de la dimensión social de la fe. Vamos olvidando que celebrar la fe debe comprometernos al testimonio y que la mejor forma de evangelizar es, con mucho, la práctica de la caridad y la misericordia.
Abundan en nuestras parroquias los grupos y movimientos destinados a la pastoral profética: catequesis infantil, juvenil, grupos de charlas presacramentales, kerigmas, grupos de oración, cursos bíblicos y un largo etcétera. Igualmente tenemos los coros y salmistas, grupos de monaguillos y liturgia, lectores cada vez más preparados y hasta con alegría vemos el aumento en número y en aceptación de los celebradores laicos; pero carecemos en la mayoría de nuestras parroquias de una pastoral social integrada e integradora, acciones que evidencien y manifiesten el interés por los demás y concreten la fe que proclamamos y celebramos.
Revisando la programación diocesana de este año 2017 constatamos que casi el 80 por ciento de las metas propuestas, y en su mayoría llevadas a cabo, pertenecen a la pastoral profética y litúrgica, siendo el rubro de “pastoral social” el que aparece en blanco, seguido discretamente –casi con timidez– por la pastoral de la salud y la pastoral penitenciaria. Hay esfuerzos significativos, pero siguen siendo insuficientes.
Siguiendo el símil del cuerpo, que Pablo nos ofrece en su Epístola a los Corintios, hemos de concebir la mayoría de nuestras comunidades con mucha boca, pero poco corazón; con las manos extendidas y siempre abiertas para pedir y recibir, pero encogidas, o lo que es peor, cerradas para dar. Una pastoral así limita y entorpece descubrir la presencia de Jesús en los hermanos.

La esencia del Evangelio

Volviendo al mensaje del Santo Padre para la I Jornada Mundial de los Pobres, el número 9 menciona: “pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos – que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres –, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado, que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.
“Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”.
La Jornada Mundial del Enfermo, unida a la Jornada de los Pobres, son un recordatorio del Magisterio pontificio reciente que nos urge a descubrir la presencia de Jesús en los hermanos, y el mejor camino es la práctica de la caridad y la misericordia.
Celebrar la navidad es recordar que Jesús es el Emmanuel, y que ha puesto su morada entre nosotros, y que continúa presente hasta el final de los tiempos. Si comenzamos por ignorar su presencia, terminaremos sin notar su ausencia.

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