Los escritos “originales” de la Biblia

Pbro. Lic. Hugo Ramos Castellón

Hoy en día cualquier persona puede tener acceso a un ejemplar de la Biblia, con la facilidad de encontrarla en cualquier librería religiosa o hasta en modo digital, gracias a las tecnologías modernas. Las hay, pues, en diversos formatos, estilos e idiomas.

Pero surge aquí una inquietud: obviamente todas son tomadas, o mejor dicho, traducidas de una fuente. Pero, ¿cuál es esa fuente, o fuentes?; ¿cuál es la original?; ¿dónde están estos escritos?; ¿existen todavía?
Tal vez haya quién piense que están en alguna biblioteca antigua o en algún museo del Vaticano; que exista algún manuscrito, papiro o pergamino “original” escrito por Moisés o por alguno de los autores de los 73 libros que componen la Biblia.

Desafortunadamente la respuesta es negativa: no existe ningún escrito original. Y no porque nunca los haya habido, sino porque se han perdido a lo largo del tiempo y de la historia.

Pero entonces, ¿cómo es que llegamos a tener las biblias modernas si se perdieron los originales? Este es un tema un tanto complejo, pero en la medida que se van embonando las piezas del rompecabezas de la historia de composición, redacción y escritura de esta gran obra literaria se va descubriendo el bello paisaje que muestra este gran mosaico que es la Sagrada Escritura.

En este artículo veremos, a grandes rasgos, algunos de estos momentos, que ayudarán a despejar ésta y otras dudas al respecto.

Los pueblos no comienzan su historia escribiendo libros

Lo primero que hay que decir al respecto es que la Biblia es “la expresión escrita del mensaje divino”. Y esa experiencia se ha escrito a lo largo de muchos siglos. Pero antes de ser escrita tuvo que pasar por otros momentos. Se vive primero la historia y después se pone por escrito la memoria de lo vivido en ella.
En el mundo anterior a la escritura, cuando entre las gentes no existían tantos medios convencionales de comunicación, como los tiene el mundo moderno, la comunicación cotidiana era meramente oral. En las tribus y en los clanes todos escuchaban a los ancianos, figuras de autoridad en la comunidad que, sin saber leer o escribir, sabían repetir lo que sus padres les habían contado alguna vez, y que ellos transmitían fielmente a la generación en turno. Era para ellos un deber contar a sus descendientes las historias de sus antepasados, y se aseguraban de que sus hijos las aprendieran con la misma fidelidad para que éstos las transmitieran a sus nietos y bisnietos. Esto es lo que se llamó la tradición oral, primera forma conocida de los contenidos plasmados posteriormente en la Escritura.

Todos estos relatos se convirtieron, a lo largo del tiempo y de las generaciones, en verdaderas “tradiciones” que fueron formando parte importante del bagaje cultural y religioso de los pueblos, en este caso del pueblo hebreo, el Pueblo de Dios. Estas tradiciones se fueron luego convirtiendo en credos, himnos, cánticos, salmos, etc., que se utilizaban en las asambleas litúrgicas y festividades del pueblo.

Y llegó la escritura
Con la aparición de la escritura se empiezan a poner por escrito estas tradiciones con el fin de dar más valor a su contenido. Los primeros textos escritos se guardaban en los templos y en los palacios; eran pocos y el acceso a ellos restringido a algunos cuántos de la comunidad. Por obvias razones, para vida que hubiera una obra escrita en su totalidad, pasaban años, décadas y hasta siglos antes de verla completada.

Para el hombre de hoy, escribir aquí y allá, y en los materiales más diversos, es cosa de lo mas fácil que hay en el mundo. Sin embargo, desde el primer siglo antes de Cristo hasta el siglo VII de nuestra era, la aparición y conservación de un escrito dependían mucho del genio de un pensador o artista, de la importancia de la obra por escribir, la paciente labor artesanal de los escribanos, los materiales utilizados para la escritura a falta de papel, las formas de los escritos y los tipos de escritura utilizados, entre otras cosas.

En el caso del material utilizado en aquella época y región de la tierra bíblica, los más comunes eran las tablillas de barro cocidas, trozos de madera, láminas de metal (bronce, oro, hierro, cobre), vasijas de barro o vidrio cocido, trozos de hueso, piedra, pedazos de cuero de animal y hojas de papiro. Obviamente los materiales metálicos eran más costosos, por lo que los más utilizados eran los más económicos y por lo tanto más frágiles.

Los más antiguos y los más nuevos
Para darnos una idea de la antigüedad de los primeros escritos de la biblia, por ejemplo, los libros que componen el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se calcula que los primeros fragmentos de estos libros se escribieron hacia el año 1,000 a. C., lo que significa que el original tendría hoy en día unos 3,000 años aproximadamente. Y teniendo en cuenta la fragilidad de los materiales en que se escribía en aquellas épocas, y sin los cuidados adecuados, es difícil creer que se conserve a nuestros días el material original de estos escritos. Por otro lado, los últimos escritos de la Biblia, como el Apocalipsis y la Segunda Carta de San Pedro, se escribieron hacia el año 100 o 150 d. C.

Así como fueron diversas épocas en que se escribieron los distintos libros de la Biblia, también lo fueron las lenguas. Tales como el hebreo, en que fue escrito la mayor parte del Antiguo Testamento, a excepción de algunos pasajes de Esdras y Daniel, que se escribieron en Arameo y otros en Griego, como los libros de Sabiduría y 2 de Macabeos, pasajes de Baruc y suplementos de Ester y Daniel. Por su parte, el Nuevo Testamento se escribió en griego en su totalidad. Por eso, cuando se habla que una traducción a las lenguas modernas está hecha de los “originales”, se refiere, más que al documento físico, a la lengua original del texto.

Copias y copistas
Si no contamos pues con los originales, ¿cómo es que hemos tenido acceso al contenido bíblico?. Esto ha sido posible gracias a copias que se hicieron en su momento de los textos originales y que se fueron multiplicando en diversos lugares y a través de las diferentes épocas en las que se fue difundiendo el mensaje bíblico. Muchas de estas copias se hicieron casi a la par de los originales en los materiales antes mencionados en diversos formatos, como rollos de papiro o piel, códices o libro ordinario (pergamino), códices griegos llamados unciales, leccionarios, etc. De esas copias a su vez se hicieron otras, y así hasta nuestros días.

En los primeros cuatro siglos de nuestra era la escritura común era compuesta sólo de mayúsculas (llamados unciales), en su momento de gran éxito, pero con el paso del tiempo resultó ser pesada, problemática en su lectura y costosa en su elaboración. Esto dinamizó la evolución de otras técnicas, como la surgida en los siglos VIII y IX llamada cursiva, que en latín significa “de carrera”, por estar formada de caracteres minúsculos y escrita más velozmente. Esto ayudó para la copia de mayor número de textos y, por ende, mayor trabajo para escribanos, escribas, amanuenses, copistas o calígrafos. Este método se utilizó en la mayoría de las obras literarias, hasta la aparición de la imprenta en 1440, cuando Gutenberg decide editar su primer obra: la Biblia.

Copias más antiguas
Las copias más antiguas con las que actualmente se cuentan son: el Manuscrito de Leningrado, que data del año de 1009 o 1008 d.C., el más antiguo conocido y más completo del AT, escrito en hebreo; Códice de Aleppo, de Damasco, del año 930, mutilado en 1947 en disturbios antijudíos; Códice del Cairo de 895, que contiene sólo los libros proféticos. Los fragmentos de Qumram, comunidad esenia cercana al Mar Muerto, tiene manuscritos del s. III a.C. al siglo I de nuestra era, que contienen fragmentos de casi todos los libros del AT y fragmentos del NT; fueron encontrados en 1947 y ayudaron a verificar la fidelidad de las demás copias; están en hebreo.

Completan la lista los Códices Vaticano, Alejandrino y Sinaítico, que contienen escritos tanto del AT como del NT en griego; unos completos más que otros, pero que han sido de gran importancia para el estudio exegético y traducciones de la Biblia.

Dicho todo lo anterior, ahora podremos preguntarnos: ¿qué, o quién, garantiza que no se haya desvirtuado el contenido de la Escritura con tanta copia y tanta traducción? Por un lado, para resguardar el mensaje original de la obra divina, está por supuesto el Espíritu Santo, que ha inspirado en los hombres el mensaje divino a lo largo de su formación y que continúa asistiendo a los transcriptores para que no traicionen este mensaje original. Pero también tenemos a los exegetas, teólogos biblicos y demás estudiosos que con seriedad y empeño realizan sus trabajos con celo científico y de fe. Además, en la Iglesia tenemos al Magisterio, quien tiene a su encargo la labor de custodiar y difundir la verdad contenida en el Sagrado Depósito de la Escritura y la Tradición.

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