La sabiduría bíblica y los ancianos en Israel

Pbro. Lic. Hugo Ramos Castellón

Acude a la reunión de los ancianos, y si encuentras a un sabio, júntate con él” (Sir 6,34). Así reza uno de los sabios consejos que da Jesús Ben Sirá a su nieto, en el libro al que también se le ha llamado Sirácide, en honor al abuelo del autor.
El Sirácide –o Eclesiástico– forma parte de los libros sapienciales de la Biblia, que tradicionalmente comprenden cinco: Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría (otros autores suelen agregar a esta lista los Salmos y el Cantar de los Cantares), donde se encuentra condensada la mayor parte de la sabiduría del Antiguo Testamento. Son textos que tienen su origen en la escuela de los sabios de Jerusalén, y ésta a su vez hunde sus raíces en la época davídica, pasando por el exilio y aún después del exilio, hasta los umbrales de la época cristiana.

Sabiduría: el arte de saber vivir

La sabiduría es una necesidad universal del hombre de todos los tiempos y culturas. El hombre bíblico no ha sido la excepción. El término hebreo para designar la sabiduría es hokma, pero también expresa la capacidad del hombre, innata o adquirida, para conducir su vida hacia el bien, y si es posible, hacerla feliz.
En el antiguo Israel, Sabio es aquél que “sabe hacer”, más que el que conoce muchas cosas, o que es un erudito en alguna ciencia o que tiene una instrucción especial. Es sabio aquél que sabe hacer, como el artesano, que sabe hacer con sus manos “bien” tal o cual oficio. Entonces para el judío, sabio es aquél que sabe hacer en la vida, que sabe vivir; éste es el arte por excelencia, “el arte de saber vivir bien”, buscando el bien y evitar en lo posible, el mal.

Los orígenes familiares de la sabiduría

La sociedad israelita, donde nacieron y se redactaron la mayor parte de los libros sapienciales, fue en su origen predominantemente una sociedad patriarcal; es decir, la figura del padre del clan o familia era la autoridad máxima, donde recaía el derecho y la educación de los miembros. El ambiente campesino y agrícola es el trasfondo de los dichos sabios. Es aquí donde nacen tradicionalmente la sabiduría del antiguo Israel (Cfr. Pr 1,8; 7,1)
Posteriormente, hacia la época monárquica y queriendo imitar las costumbres de la sociedad egipcia y sumeria, se crearon en Israel, especialmente en Jerusalén, escuelas para jóvenes que se preparaban para la administración pública, donde se les instruía en diversas ciencias, pero basadas principalmente en la sabiduría adquirida en la sociedad hebrea. Los escribas encargados de estas escuelas eligen lo esencial de esta sabiduría popular y la transforman en sentencias con un tinte más culto y elaborado, para el fin pedagógico.
La forma literaria más usada en los escritos sapienciales son los proverbios: formas sencillas, compuestos por dos frases breves, a veces en rima o asonancia. Así pues, los proverbios y demás formas de enseñanza sapiencial tienen la finalidad de transmitir a las generaciones jóvenes la experiencia de los maestros del pasado y toda la enseñanza ancestral.

El anciano, portador de sabiduría

En todo este contexto, la figura de los mayores, de los “padres” en la sociedad hebrea, fue fundamental. Si para el hebreo la sabiduría era el arte de saber vivir bien la vida, nadie como el anciano, que ya había experimentado en carne propia esta vivencia, para enseñar y aconsejar a las nuevas generaciones (Cfr. Sir 25,3-6).
Aún después del exilio y destierro babilónico del 587 a.C., cuando ya no existían las escuelas de la corte, fue fundamental conservar estas enseñanzas que se habían adquirido –y más aún, ahora enriquecido– con lo aprendido en la experiencia del destierro y en la cultura babilónica. A falta de las escuelas y de maestros eruditos, la tradición oral continuó siendo clave para la instrucción, y la figura de los ancianos sabios de las comunidades jugó un papel fundamental. Los libros, y posteriores lugares de instrucción como lo fue la sinagoga en los tiempos del Nuevo Testamento, no suplieron del todo a la figura de los ancianos, a los cuales se les siguió teniendo en gran aprecio, por ser el portador más preclaro de la sabiduría (Jb 12, 12).
Ellos no sólo tenían un lugar importante en la familia, sino también en la vida pública y política como líderes (Ex 12, 21-28). A ellos se les pedía consejo desde siempre (1 Re 12,6-8), y como jueces en las puertas de las ciudades (Jos 20, 4; Pr 31, 23).
Hacia los años 300 a.C., cuando se da el apogeo más grande de los escritos sapienciales, surge también una figura judicial en Israel: el Sanedrín, o Consejo de Ancianos. Una asamblea o consejo de 23 sabios, por cada ciudad judía, y el Gran Sanedrín de Jerusalén de 71 miembros, que fungían como jueces en la administración de justicia de los tribunales. Originalmente funcionaba, pues precisamente los ancianos tenían como herramienta de su ministerio la sabiduría del pueblo. Sin embargo, con el tiempo esta figura se corrompió. Especialmente en tiempos del rey Herodes, que mandó ejecutar a la mayor parte de ellos por atreverse a señalarle sus límites en el ejercicio de su poder y al poner personajes títeres que le sirvieran a sus propósitos. Este será el Sanedrín al que le tocará enfrentar Jesucristo, “Sabiduría de Dios” (1 Co 1,24).

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