La Formación Espiritual en el Seminario

Pbro. Lic. Pedro Domínguez Tejeda 

 

En el tercer capítulo de su evangelio, San Marcos nos cuenta que Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Cfr. Mc 3, 13-15). En esta cita la Iglesia entrevé el proceso formativo de todos los llamados a ser discípulos a lo largo de los siglos. Es éste el proyecto vigente en la formación de los futuros pastores para el pueblo santo de Dios.

Reproduciendo la experiencia  de los primeros discípulos

Los llamados a la vida sacerdotal, al ingresar al Seminario reproducen la experiencia de los primeros discípulos. El tiempo de la formación inicial en el seminario es para estar con el Señor y ser formados como discípulos, aprendiendo el estilo del Maestro hasta configurarse con Él: tener los mismos sentimientos de Cristo, hasta que se forme en ellos, para después ser enviados por el mundo a trabajar en el campo del Señor.
Es a partir del Concilio Vaticano II, y sobre todo con la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, de San Juan Pablo II, que la formación en el Seminario se estructura sólidamente en las famosas cuatro dimensiones de la formación: humana, espiritual, académica y pastoral.
Al respecto, la Pastores dabo vobis (n. 43) establece que la formación humana es la base de todo el proceso formativo, pues sin una adecuada formación humana toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario; esto es así porque el sacerdote es ante todo un ser humano. Sin embargo, también dice (Cfr. n. 45) que una sana antropología, aquella que se abre a la trascendencia y que contempla al hombre en su verdad plena, descubre que la formación humana se completa con la formación espiritual. Así, la dimensión espiritual unifica y estructura todo el proceso formativo. A este proceso contribuyen como apoyo la dimensión académica y la dimensión pastoral; y estas cuatro dimensiones, desarrolladas en conjunto y de modo armónico, tienen una finalización pastoral.

Formación gradual y Eucaristía

La formación sacerdotal, en las cuatro dimensiones, debe observar como principio rector la ley de la gradualidad. Es decir, no se le puede pedir lo mismo a quien va iniciando el proceso formativo que a quien está por concluirlo. Conforme pasan los años, al seminarista se le pedirá un mayor compromiso, un mayor testimonio, una mayor coherencia y madurez en su ser de discípulo que se configura con Cristo Señor hasta entregar la vida como Él en el sacerdocio ministerial.
La formación espiritual en el seminario se orienta concretamente a alimentar la comunión del seminarista con Dios y con los hermanos, en la amistad con Jesús Buen Pastor y en una actitud de docilidad al Espíritu. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, es también el centro de la vivencia de cada día en el seminario; en la misa celebrada cada mañana el seminarista se encuentra con el Cristo vivo y se nutre de Él, y así aprende a conformar su vida con la del Maestro.
Para una participación plena cada día en la celebración eucarística, el seminarista se encuentra frecuentemente con el Dios del amor en el sacramento de la misericordia, aprendiendo a situarse en su futuro ministerio a ambos lados del confesionario: como penitente y como confesor.

Oración y Sagradas Escrituras

Dice San Jerónimo que el que no conoce las Escrituras no conoce a Cristo. Por ello, es importante el encuentro diario y la confrontación del seminarista con la Palabra de Dios, con la cual ha de ir conformando su vida.
Elemento importante para la cotidiana relación del seminarista con Dios es la oración, empeño en el que es necesario formar de modo progresivo al seminarista, con la conciencia de que a orar se aprende orando, de modo que cada uno al final del proceso formativo adquiera su propio método de oración.
Expresión elocuente de la vida de oración en la Iglesia es la Liturgia de las Horas, oración litúrgica que busca la santificación del tiempo atentos al Señor que nos invita a orar siempre. El seminarista es iniciado gradualmente en esta oración litúrgica, que en la ordenación asume como compromiso en favor de toda la Iglesia.

Dirección espiritual y práctica devocional

Elemento importante en la formación es la dirección espiritual. El seminarista debe buscar un maestro a quien pueda abrir su alma para que le ayude a cocerse y a discernir en todo momento la voluntad de Dios.
Otros apoyos para la formación espiritual son la semana de ejercicios espirituales, que cada año tienen los seminaristas, así como los retiros de cada mes. Estos se tratan de vivir en un clima de silencio y atenta escucha de la Palabra de Dios.
En la formación espiritual de los seminaristas ayuda mucho una sana práctica devocional a comenzar con las Horas Santas y visitas al Santísimo, como prolongación de la celebración de la Eucaristía, hasta el rezo del santo rosario, el viacrucis y tantas otras prácticas ancestrales en la Iglesia.
Factor importante en la formación espiritual es el cultivo de una sana devoción mariana y a los santos, principalmente San José, patrono de muchos seminarios.

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