La dimensión académica en el Seminario

Diác. Rafael Luquín López

 

En diversos sectores de la sociedad está muy extendida la idea de que “para ser sacerdote se necesita estudiar mucho”. Y tal expresión encierra, efectivamente, un elemento muy importante dentro de la formación sacerdotal. Pero esa idea, al mismo tiempo, puede prestarse de manera errónea para diluir la importancia en un simple “requisito”, o para hacer de un carácter necesario uno determinante.

Seminaristas preparados intelectualmente

En la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis –el documento del Magisterio de la Iglesia a través del cual se rige la formación sacerdotal, aprobado por el Papa Francisco y titulado “El don de la vocación presbiteral”– se especifica el significativo papel que ocupa la preparación intelectual de los seminaristas dentro del proceso formativo en el Seminario, pues se busca que “obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en diálogo con el mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza” (n. 116).
Para ejercer adecuadamente la bella misión que se les ha confiado, los presbíteros deben de conocer a profundidad la realidad de los hombres y mujeres de su tiempo, de modo que puedan anunciar mejor el mensaje de Jesucristo. Para ello, requieren de las herramientas suficientes para poder dialogar con las diferentes culturas, siendo capaces de iluminar e interpelar a las personas sobre las situaciones actuales, y de potencializar la luz divina que destella en las sociedades. Esto evidencia la necesidad que apremia en los futuros pastores por “los instrumentos racionales necesarios para comprender los valores propios del ser pastor, procurar encarnarlos en la vida y transmitir el contenido de la fe de forma adecuada” (n. 89).

Conocedores de las ciencias filosóficas y teológicas

De ahí que la Iglesia se esmere en procurar una sólida formación intelectual para sus pastores, formación que no podemos reducir en un adoctrinamiento religioso. Los conocidos largos años de estudio en el Seminario corresponden, en efecto, al período en el que los seminaristas se preparan en las ciencias filosóficas y teológicas.
Las ciencias filosóficas les ayudarán para abrir el horizonte de su pensamiento, conocer mejor al hombre y adquirir una visión crítica que les ayude a analizar la realidad social en que viven para que comprendan y valoren al ser humano, a la vez que puedan orientarlo frente a las interrogantes existenciales que cuestionan al hombre. Las ciencias teológicas les ayudan para profundizar en el contenido de la fe basado en el estudio de las Sagradas Escrituras –que es como el alma de la teología (Cfr. Dei Verbum, n. 24)–, para expresarla y celebrarla a través de la liturgia, y para comunicarla a través del ejercicio pastoral; así, los futuros pastores alcanzan “una visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia” (Pastores Dabo Vobis, n. 54).

La formación es integral

Llegados a este punto, conviene recordar que la formación intelectual está dentro de un proceso de formación sacerdotal denominado «integral», es decir que abarca a la persona en su totalidad, pues no lo dispersa, sino que lo integra; no hay áreas restrictivas y excluyentes, sino dimensiones que se complementan, donde por muy alta que sea la importancia que alcance una de ellas, todas han de estar siempre en continua armonía e interacción con las demás dimensiones de la formación, a saber: humana, espiritual, intelectual y pastoral. A través de la dimensión intelectual se comprende mejor a sí mismo y su relación con los demás (dimensión humana), se profundiza la fe que nutre la dimensión espiritual, y se adquieren los instrumentos y el lenguaje para anunciarla en la dimensión pastoral. Por tanto, la dimensión intelectual –y ninguna otra– no puede ser absolutizada ni relegada, dándole un valor excesivo o ínfimo, pues ninguna de ellas por sí sola, garantiza una sana, completa y equilibrada formación (Cfr. El Don de la vocación presbiteral, n. 92).
Finalmente, este amplio período formativo del que hemos hablado abarca, según las últimas disposiciones de la Santa Sede, por lo menos un bienio para los estudios filosóficos, y un mínimo de cuatro años, para los estudios teológicos (Cfr. El Don de la vocación presbiteral, n. 154). Sin embargo, haber cursado el tiempo establecido y aprobado el contenido curricular académico, no determina el término de cada una de las etapas formativas, ni significa un «pase automático» al sacramento del Orden, de modo que no basta el solo estudio, sino todo el conjunto de elementos que, en las cuatro dimensiones, acompañan la paulatina “transformación del corazón, a imagen del corazón de Cristo” (El Don de la vocación presbiteral, n. 89).

Todo para servir  al pueblo de Dios

Así, cada profesor al enseñar y cada seminarista al estudiar, ha de estar consciente del sentido por el que pone su empeño. Sus clases no pueden encerrarse en las aulas, ni dirigirse sólo a las neuronas, pues la dimensión académica abarca la adecuada preparación intelectual de los jóvenes para servir mejor al Pueblo de Dios que les espera. En el cuidado y esmero por la dimensión académica, también se nota el cuidado y esmero por la propia vocación.
La tarea de la formación de los futuros pastores es delicada, ¡no escatimemos esfuerzos!

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