Entre lo sacro y lo profano Los laicos en la historia de la Iglesia

Pbro. José Avila Gallo

A lo largo de casi dos mil años se pensó que en la Iglesia la inmensa tarea pastoral dependía únicamente del sacerdote. Esto provocó, durante mucho tiempo, una deformación del verdadero sentido de la Iglesia y una exageración de lo sacro, identificándolo sólo con lo clerical. Se trata de una ecuación peligrosa cuando se afirma que “todas las cosas que pertenecen a los curas y a las monjas son sagradas, y lo demás es lo profano”.
Este mundo clerical durante mucho tiempo hizo de la Iglesia un espacio cerrado, construyendo así dos líneas paralelas desconectadas: por un lado la sacral-clerical, identificada con lo que está dentro de la Iglesia; y, por otro lado, la profana, que se identificaba con lo que está fuera de la Iglesia. O dicho de otra forma: por un lado los clérigos y por otro los laicos.
Así las cosas, ¿dónde se daba el encuentro del laico con el sacerdote? En el culto, esencialmente, porque el otro mundo, el de lo económico, lo político y lo social, era profano.

Cambios que valen la pena
Pero el mundo cambia y la Iglesia también. A través de un largo proceso de toma de conciencia se fue reconociendo la importancia de los laicos en la vida de la Iglesia. León XIII abre la gran perspectiva de lo social y surgen ciertos movimientos que, poco a poco, fueron formando la idea de una acción católica, que se institucionaliza con Pío XI y que se concretiza claramente en la doctrina del Concilio Vaticano II.
Todo esto hace cambiar a la Iglesia su concepto del laico. El laico empieza a contar, a tener peso específico, porque la Iglesia se va dando cuenta de que es necesario abrirse al mundo y de que hay dimensiones en el mundo que les están encomendadas a los laicos.
No es posible seguir pensando que la Iglesia se hace en las sacristías, por lo que se hace necesario enviar al frente a los laicos.

Los laicos: protagonistas de la evangelización
El Concilio Vaticano II, en su documento “Apostolicam actuositatem”, restituye al laico a su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia Católica: el laico es objeto, protagonista y responsable de la evangelización. Y establece sus dos dimensiones: la primera es la dimensión sagrada: “Los laicos son los que por el bautismo se incorporan a Cristo, se constituyen en pueblo de Dios, participan a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. Y la segunda es la dimensión secular: “Le corresponde por propia vocación buscar el reino de Dios, tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales, con el testimonio de vida, fe, esperanza y caridad con el propósito de transformar el mundo. Iluminando y organizando todos los asuntos temporales para que se realicen continuamente según el espíritu de Cristo y la gloria de Dios”.
Así pues, el laico no puede descuidar sus obligaciones religiosas y sus deberes temporales, sino que debe realizar la síntesis de ambas a imitación de Cristo.

Importancia del respeto mutuo
Aun así, algunos sacerdotes no respetan la opinión de los laicos y algunos laicos son de un servilismo inaguantable. O lo que es peor, tampoco respetan la opinión de los curas. Es generalizar mucho, pero ocurre.
Es necesario estar conscientes de que Dios nos ha encargado –a sacerdotes y laicos– construir su Iglesia para respetarnos, escucharnos y cuidarnos mutuamente, considerando la “iniciativa propia en el ámbito eclesiástico”. Somos –o deberíamos ser– personas adultas y cristianos maduros; pero en ocasiones, uno de los graves vicios de los sacerdotes y de los laicos son las actitudes infantiles. Y un laico no puede pretender ser siempre un bebé espiritual, como ni un sacerdote puede tratar al laico como a un niño.

Necesidad de la promoción laical
El sacerdote es el que recibe el Orden Sagrado y está ordenado, principal y directamente, al sagrado ministerio. El laico recibe del sacerdote la palabra de Dios y los sacramentos, y el sacerdote ayuda al laico a que ordene los asuntos temporales según la voluntad de Dios.
Con frecuencia los sacerdotes tenemos la gran tentación de creer que lo sabemos de todo, lo cual es falso. La formación sacerdotal es una formación limitada a lo específico. Hemos sido formados fundamentalmente para conocer la doctrina de la Iglesia y para conducir al pueblo de Dios, pero también tenemos limitaciones.
Muchas veces el desajuste sucede cuando los laicos brillan por su ausencia en los lugares donde tienen que estar dando testimonio, y el sacerdote se ve angustiado por una necesidad pastoral que se le hace imposible cumplir.
Por otro lado, al sacerdote le corresponde reconocer y promover la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia: usando gustoso sus prudentes consejos, encargándoles con confianza tareas al servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y espacio para actuar y animándoles a que asuman tareas propias de su estado de vida o de sus propios carismas o dones.
Es un hecho, no una opinión: cada vez hay menos sacerdotes. Porque los laicos han dejado de evangelizar en casa; y porque sin “fe en casa” es muy complicado que surjan vocaciones. Además, cada vez se valora menos a los sacerdotes, sino que más bien se les critica y ataca.
Pero también es una realidad que cada vez va creciendo la vocación de laicos dispuestos a consagrarse a las obras de la Iglesia, no como curas, sino como laicos, tomando conciencia de su identidad propia y construyendo una espiritualidad laical.

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