El Papa Francisco en Myanmar y Bangladesh:Fina diplomacia y profecía

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

 

El cayado de Pedro por tierras no cristianas

Quizá muy pocas veces, o tal vez ninguna, hemos oído los nombres de estos países: Myanmar y Bangladesh, y menos aún podemos forjarnos alguna idea de la historia, cultura e identidad religiosa de esos lugares que en los últimos días de noviembre y primeros de diciembre de 2017 ha pisado Su Santidad Francisco.
Esas naciones asiáticas de fronteras frágiles e imprecisas, e identidades complejas en su población, son herencia de la Segunda Guerra Mundial: la independencia de la India, la división poco tiempo después de ese enorme territorio por razones étnicas y religiosas en India y Paquistán (este último predominantemente musulmán) y de una nueva división de Paquistán que dio origen a Bangladesh. Esas situaciones surgieron del retiro abrupto de Inglaterra, sus instituciones y su ejército, y produjeron naciones inmaduras, como más tarde en África y, ante el embate de la modernidad, la inestabilidad institucional y la globalización económica, élites militares y extremismos ocuparon los gobiernos y la pobreza extrema invadió la cotidianidad de esos pueblos.
El lector puede tener prueba de esto último revisando las etiquetas de algunas prendas de vestir que dicen: “Made in Myanmar” o “Made in Bangladesh” y que en el mercado mexicano llevan marcas de moda.
Hay que agregar los éxodos obligados por condiciones infrahumanas o deseos de mejorar, así como las rencillas por motivos religiosos, presentes y actuantes, siendo la mayor de todas, que es ya tragedia humanitaria la de los “rohingyas” de Myanmar, de tradición musulmana, marginados, perseguidos y expulsados por no pertenecer a la mayoría budista, pues a ésta solamente –excluyendo también a los cristianos– se le considera digna de la nacionalidad.
Allí, a donde los cristianos son una pequeña minoría (en algunas regiones menor al 1%), se dirigió Francisco llevando en la mano su cayado pastoral. A su paso no hubo muchedumbres, ni habló en estadios llenos; fue una visita en profundidad, pues el testimonio que a la manera de Juan Bautista dio de la Persona y el mensaje de Jesucristo –”conviene que Él crezca y yo disminuya”– fue el que marcó sus senderos.
Ante los dirigentes religiosos musulmanes y budistas se mostró como alguien que, en fraternidad, venía de parte del único Dios, creador del mundo y amigo de la humanidad. En Daka, Bangladesh, al hablar delante de rohingyas desterrados expresó: “En nombre de todos los que les han hecho daño, por la indiferencia del mundo, pido perdón… Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, somos imágenes del Dios vivo. Su religión enseña que Dios, al comienzo, tomó un poco de sal y la arrojó al agua, que es el alma de todos los hombres y cada uno de nosotros lleva un poco de esta sal. Estos hermanos y hermanas llevan dentro de sí la sal de Dios”.

La fuerza de la palabra… y el significado del silencio

 

Francisco realizó una labor diplomática extraordinaria en circunstancias muy difíciles. Había recibido peticiones para que denunciara en Myanmar la crisis de los rohingyas, lo cual desde lejos podía parecer sencillo: un discurso de denuncia y ya. Pero el Papa se iría y la minoría católica se quedaría, ¿podría creerse que no habría represalias? La diplomacia de la Santa Sede tiene fuertes experiencias del siglo XX; silencios que fueron criticados pero que tuvieron una razón comprensible al pasar el tiempo: la persecución a los judíos por el régimen nazi a la que Pío XII atendió alertando a los dirigentes del tiempo, sobre todo a Churchill y Roosevelt; el largo período de “Iglesia del silencio” en las zonas europeas ocupadas por la Unión Soviética, atendido por delicados contactos con los regímenes “de facto” mediante el “martirio de la paciencia”, como se le llamó a la “östpolitik” (“política del Este”) del cardenal Casaroli, secretario de Estado del beato Paulo VI y los contactos discretos pero en muchos casos efectivos con las dictaduras suramericanas, en los que participó el Padre Jorge Bergoglio.
El pontífice se reunió en Yangon (antes Rangún) con el jefe militar responsable que quedó en ridículo con sus palabras falsas. Y en Bangladesh expuso con claridad meridiana: “Ninguno puede ignorar la gravedad de la situación, el inmenso costo en términos de sufrimiento humano y de la precaria condición de vida de tantos de nuestros hermanos, la mayoría de los cuales son mujeres y niños… Es necesario que la comunidad internacional tome medidas decisivas para hacer frente a esta grave crisis, no sólo trabajando para resolver los problemas políticos que han provocado el desplazamiento masivo, sino ofreciendo asistencia inmediata a Bangladesh en su esfuerzo por responder eficazmente a las urgentes necesidades”. Pues la indiferencia internacional y la falta de solidaridad parece ser signo de nuestros tiempos.

El papel de las religiones  y en especial de los cristianos para la paz

Un encuentro de extraordinaria trascendencia fue el que tuvo en la pagoda de Kaba Aye en Yangon, con una representación de líderes budistas, pues contrariamente a la opinión común que se tiene en América –conocemos sólo un budismo “light”– como portador de paz espiritual y amor a la naturaleza, en Myanmar la persecución y exclusión han surgido de las filas budistas. El Papa recordó que “hay que superar todas las formas de incomprensión, intolerancia, prejuicio y odio” y que “es especial responsabilidad de los líderes religiosos y políticos asegurar que todas las voces sean escuchadas de modo que los retos y las necesidades se comprendan con claridad y se confronten en espíritu de ecuanimidad y solidaridad… La justicia auténtica y la paz duradera sólo pueden alcanzarse cuando se garantizan para todos”. En el diálogo, el monje budista Bhaddanta Kumarabhivamsa, portavoz de los demás dijo: “Debemos denunciar toda expresión que incite el odio, la falsedad, el conflicto y la guerra, y hemos de condenar con firmeza a quienes sostienen esas actividades”. En una audaz comparación, el Papa indicó enseñanzas de Buda que coinciden con la oración por la paz de San Francisco: “Hazme instrumento de tu paz… Que donde haya odio…”.
Sin embargo, los momentos más emotivos fueron los del diálogo con las comunidades católicas que son modelo de fe y acción y sus obispos. En la homilía en la misa en Yangon, sobre el pasaje de San Lucas en que Jesús convoca a no preparar defensa ante la persecución sino confiar en la gracia divina, expuso: “[…] Sé que muchos llevan las huellas visibles e invisibles de la violencia… La tentación es responder a estas injurias con sabiduría mundana, lo que es equivocado… Creemos que la salud viene del odio y la revancha, pero ese no es el camino de Jesús… No nos enseñó su sabiduría con grandes discursos o grandes demostraciones de poder político o terrenal, sino entregando su vida en la cruz”. A los obispos los invitó a seguir tres vías: la sanación de las heridas, el acompañamiento de la vida de fe de los fieles y siendo profetas: “Pongan a la comunidad católica en condiciones de seguir teniendo un papel constructivo en la vida de la sociedad, haciendo escuchar vuestra voz en cuestiones de interés nacional, insistiendo en el respeto a la dignidad y derechos de todos, especialmente de los más pobres y vulnerables”.
Balance de una peregrinación singular
Me interesé de manera especial en este viaje no sólo porque a pesar de distancias y diferencias, somos católicos, es decir, universales, sino porque en la columna “Signos de los tiempos” de la revista “National Catholic Reporter”, el padre Thomas Reese S.J., gran observador de la vida de la Iglesia había expuesto cierto temor ante este viaje. Sin embargo, en su balance fue optimista y coincido con él: “Es muy difícil ser a la vez diplomático y profeta, pero el Papa Francisco lo realizó mejor que nadie… Ante un tremendo dilema: ser profético y arriesgar a los cristianos o guardar silencio y comprometer su autoridad moral no escogió… Deslizó su palabra siendo a la vez profético y diplomático. Le dijo a los líderes que la gente había sufrido ‘conflictos y hostilidades que habían durado mucho’ y pidió ‘una paz basada en la dignidad de todos’, sin usar la palabra rohingya… Pues una cosa es ser profeta y sufrir personalmente las consecuencias, y otra poner en riesgo a otros por sus declaraciones”. En pocas palabras, “el viaje animó a los católicos que se regocijaron con la visita del Papa y animó a quienes trabajan por la reconciliación y el diálogo entre religiones”.
Viaje difícil también en su comprensión por nosotros, pues convoca a abrir horizontes y a no tener miras cortas ni en nuestros intereses ni en nuestra oración. La Iglesia ha de realizar en todas partes la misión que el Señor le encomendó: “Vayan a todas partes y anuncien la Buena Nueva”.

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