El Papa en Colombia. Hacia la construcción de una paz auténtica

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

“Dar el primer paso”

A pesar de que compartimos muchísimos elementos de cultura, de tradiciones y sobre todo de pertenencia viva a la Iglesia Católica de rostro latino, tengo la impresión que somos bastante indiferentes a lo que acontece y a lo que hace vibrar la vida y la historia de otros pueblos hermanos de Latinoamérica.
Del 6 al 11 de septiembre de este 2017, Su Santidad Francisco visitó Colombia bajo el lema motriz “dar el primer paso”. Su contacto con multitudes y su acercamiento a personas laceradas por una violencia prolongada e irracional, dejó abundante materia de reflexión que no deberíamos dejar pasar los mexicanos. Siento que machaconas insistencias en “nuestros problemas” y cierta quizá inconsciente “arrogancia azteca”, como la he oído definir en Centroamérica, nos alejan cada vez más de la fraternidad latinoamericana, sustentada también en cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano que nos han dejado un legado cristiano aterrizado en nuestra realidad, que es ejemplo para el mundo. Por ello, la palabra y presencia de Francisco en Colombia no han de sernos indiferentes.
Más de medio siglo de violencia fratricida contemplan los colombianos al mirar su pasado reciente. La violencia se cuenta a partir de abril de 1948. Ojalá lo contemplen en los años venideros como una pesadilla que quedó atrás y sea la paz auténtica la que no hace a un lado la memoria de la verdad y pone en práctica una justicia sin venganza, pero que no olvida, y menos premia, los males cometidos, la que se haga presente y dinamice la vida de esa nación.
Ese fue el deseo, complejo y exigente, que formularon las intervenciones de Su Santidad, entretejidas a las presencias masivas festivas o reflexivas, y a los dramáticos testimonios de reconciliaciones concretas entre quienes podían considerarse enemigos en cuatro ciudades colombianas: Santa Fe de Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena. Deseo complejo y exigente, porque como lo enfatizó él mismo, había heridas profundas y difíciles de sanar que requerían acercamientos más allá de acuerdos entre dos partes. Éstos, aunque felizmente se han hecho tras largos y penosos diálogos, son frágiles y provisionales, pues tienen que pasar del papel al corazón, y de la buena voluntad a la paz justa y saludable. En la homilía de la Misa en Cartagena, el Santo Padre no se quedó en generalidades: “[…] En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando. Sin embargo, han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos. Porque Colombia hace décadas que a tientas busca la paz y, como enseña Jesús, no ha sido suficiente que dos partes se acercaran, dialogaran… Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad… Siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva”.
Esas pocas líneas valen oro. Pues se ha tratado, por una parte, de reducir la paz a la firma de un acuerdo entre el gobierno y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y, por otra, de deslegitimar el proceso a base de subrayar rencillas personales entre el presidente Santos y el expresidente Uribe. Hay que “visibilizar” al pueblo sufriente, a los que viven en las aldeas remotas, a los desplazados, a quienes se  han visto obligados a cambiar sus cultivos tradicionales por los exigidos por el narcotráfico.

 

Dar el paso de la cultura de la muerte a la cultura de la vida

Las tareas pendientes son muchas y exigen decisión y audacia, pero sobre todo una fe anclada con firmeza: “La reconciliación no significa silenciar lo que ocurrió ni ocultar la verdad o las responsabilidades…Se nos exige generar ‘desde abajo’ un cambio cultural: a la cultura de la muerte, a la ‘normalización’ de la violencia, respondemos con la cultura de la vida, del encuentro”. Y citó unas palabras dichas en su peculiar estilo por Gabriel García Márquez: “[…] Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguir matándonos unos a otros”.
La reconciliación es –y muy pocas veces lo recordamos– fruto de honda espiritualidad. Sobre esta ruta se deslizó la que quizá fue la más profunda reflexión del Papa, propuesta en Medellín a sacerdotes y personas consagradas. Invitó a reconocer la propia fragilidad, la fragilidad de la historia, la complejidad de la tierra en que se vive en medio de contradicciones: “¡No tengamos miedo a esta tierra compleja!”. E invitó al mismo tiempo a tener claro que en medio de estas situaciones, “formamos un pueblo elegido para la verdad”, para hacerla salir desde dentro y construirla en el ámbito vital que nos ha tocado. En Colombia y en todas partes urge encontrarse con el Evangelio, “[…] auscultar en él qué quiere Dios para nosotros y para nuestro pueblo”. Este ejercicio, esta actividad necesaria del espíritu, ha de ayudarnos “a ser capaces de interpretar la realidad con los ojos de Dios… a no evadir los aconteceres de nuestro pueblo o ir al vaivén de modas o ideologías”. Ante la necesidad de auténtica reconciliación y de un futuro abierto a la paz, no se puede “vivir de añoranzas… responder a preguntas que ya nadie se hace y dejar en el vacío existencial a aquellos que nos cuestionan desde las coordenadas de sus mundos y sus culturas”.

 

En Colombia el Maligno ha creado  divisiones, pero no ha vencido.

Con esa frase que destila esperanza resumió el Papa Francisco su visita pastoral al pueblo colombiano en la audiencia general del miércoles 13 de septiembre, ya de regreso a Roma.
Señaló algunos “signos” que sus ojos vieron: “el deseo de vida y de paz en los ojos de miles de jóvenes reunidos en la Plaza Bolívar de Bogotá”, “la beatificación de dos mártires: el obispo Jesús Emilio Jaramillo y el padre Pedro María Ramírez Ramos (el primero asesinado por una célula guerrillera durante la visita pastoral el 2 de octubre de 1989 y el segundo al día siguiente del ‘bogotazo’, fecha de inicio de la ‘violencia’, 10 de abril de 1948 por una turba), símbolo de todas las víctimas de la violencia”, “la celebración frente al Cristo de Bojayá, sin brazos y sin piernas, mutilado como su pueblo”. Descubrió, a través de esos signos ritmos de esperanza, acompasados por los niños que, levantados en brazos de sus papás, eran presentados al Papa para que los bendijera; era como si dijeran: “Éste es nuestro orgullo, ésta es nuestra esperanza… He pensado que un pueblo capaz de tener niños y de hacerlos ver con orgullo, es un pueblo que tiene futuro”.
Por último, y a manera de estímulo, expresó: “[…] Es muy fuerte el deseo de vida y de paz que rebosa el corazón de esta nación: lo he podido ver en los ojos de los miles de niños y jóvenes que han llenado la plaza de Bogotá y que he encontrado por todas partes. Esa fuerza de vida que también la naturaleza misma proclama con su exuberancia y su biodiversidad… El testimonio de este pueblo es una riqueza para toda la Iglesia… En Colombia son fuertes las raíces cristianas. Y si este hecho hace todavía más agudo el dolor por la tragedia de la guerra que la ha desgarrado, al mismo tiempo constituye la garantía de la paz, el sólido fundamento de su reconstrucción, la linfa de su invencible esperanza. Es evidente que el Maligno ha querido dividir al pueblo para destruir la obra de Dios, pero es también evidente que el amor de Cristo, su infinita misericordia, es más fuerte que el pecado y la muerte”.

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