El Adviento de María: Un ejemplo para nuestra espera

Pbro. José Avila Gallo

La Anunciación (1472-1475), de Leonardo da Vinci, óleo considerado de los primeros trabajos del pintor italiano.

Sabemos que el Adviento es tiempo de espera, tiempo en que aguardamos la manifestación de un gran acontecimiento: el nacimiento de Nuestro Salvador. Es un tiempo importante y solemne, tiempo favorable de paz y reconciliación; tiempo que estuvieron esperando los patriarcas y profetas del pueblo de Israel.
La encarnación es la plena manifestación de Dios, revelación de Dios hecho Hombre en el seno de María Santísima por obra del Espíritu Santo. Viene al mundo a través de Ella. Es Ella quien lo trae y presenta al mundo. Por eso, no podemos fijar la mirada en la Encarnación del Verbo sin contemplar necesariamente a la Virgen Santísima. Ella es la elegida para traer al Verbo; vive el Adviento, la espera del Salvador, y nos enseña a abrir de par en par el corazón al Redentor. Ella es el corazón que ha sido preparado por Dios para esperar, para abrir el camino al Salvador, para ser testigo fiel de la plena manifestación de Dios a través de su Hijo.

Adviento y Virtudes Teologales

¿Quién es la que ha esperado en perfección la venida del Salvador? La Virgen Santísima. Toda la preparación de Dios a su pueblo alcanza su culmen en la Virgen María, la escogida para ser la Madre del Redentor. Ella fue preparada por el Señor de manera única y extraordinaria, haciéndola Inmaculada, y por eso podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Adviento de la Virgen María está marcado por las tres grandes virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, y que es de esta manera como nos invita a vivirlo a todos nosotros.
La fe de María
La Virgen Santísima tuvo una fe ejemplar. Su vida requirió de su corazón una fe heroica capaz de poder responder en plenitud al misterio al cual se le llamó y en el cual siempre viviría.
Desde el saludo: “Ave, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), requiere fe, pues el ángel le presentaba toda una identidad de la que ella no estaba consciente. Es por eso que leemos que María se turbó ante aquellas palabras.
María creyó con prontitud; no dudó ni un instante: “Hágase en mí según su voluntad”.
Con constancia, en las tantas pruebas y tribulaciones de su vida, su fe fue siempre fuerte y generosa. Como una roca en medio del mar, que las tormentas no pueden mover.

La esperanza de María

María esperó, en primer lugar, que con la gracia de Dios podía ser esposa virgen. El Espíritu Santo, que la iluminó para mostrarle el camino de la vida consagrada a Dios, la fortaleció para confiar que podrían unirse en su vida el ser verdadera esposa y el mantenerse siempre virgen.
Ya antes de que el arcángel la visitara en Nazaret, María esperaba como fiel israelita, con fe mesiánica, la venida del Redentor. Desde el momento en que María dio su consentimiento al anuncio del ángel, Ella espera ver con sus propios ojos la plenitud de la promesa hecha por el ángel.
Lleva en su corazón la expectación de tener a Dios hecho hombre en sus entrañas, su hijo ya presente dentro de ella. Éste es precisamente el misterio del Adviento: esperar con alegría y añoranza la revelación del Hijo de Dios.
Es María quien inicia el Adviento y es de Ella de quien la Iglesia aprende a esperar, a permanecer en ese estado de expectación.
A partir de aquel momento de la anunciación empezó en María una nueva espera. Ya estaba llena de Dios por dentro, pero quería estarlo también por fuera. Ya tenía al Verbo encarnado en su seno, pero quería tenerlo también en sus brazos y en su regazo. Ya le notaba en sus entrañas, pero ansiaba verlo con sus ojos, oírlo con sus oídos, besarlo con sus labios y abrazarlo con sus brazos.
Por eso María lo esperaba con tan firme esperanza. Y a medida que se acercaba el día y la hora, aumentaba en María el ansia y el deseo de la llegada del Mesías. Ni los más arrebatadores anhelos de los místicos, cuando en su noche oscura esperan que el Señor se les revele, se puede comparar al anhelo de la espera de María en la noche de Belén.
Por es la Iglesia nos dice en este tiempo de adviento: “Los fieles, considerando el amor inefable con que la Virgen madre esperó a su Hijo, están invitados a tomarla como modelo y a prepararse a salir al encuentro del Salvador que viene, velando en oración y cantando su alabanza” (Misal Romano, Prefacio de Adviento).

La caridad de María

Pero la espera de María no era egoísta. No se basaba en la expectación simplemente de su hijo, sino del Mesías, el Salvador del mundo, quien venía por amor a los hombres a salvarlos. Es por esto que, desde el principio hasta el final, María tendrá siempre una disposición interior de caridad y pobreza: nunca poseyendo al hijo, sino entregándolo. Por tanto, en su espera por el hijo que nacerá, ella está consciente que vendrá para el mundo, y no para que ella lo posea. Es por eso que vemos en las Escrituras que María lo coloca en el pesebre y lo acuesta, en vez de estrecharlo para sí.

Preparación para la Navidad
La Vistación (1737), de Jerónimo Ezquerra.

La espera de María es también una preparación al sufrimiento, una preparación para el rechazo: el establo, la pobreza, la huida a Egipto; preparación para la pérdida de Jesús en el templo hasta encontrarlo, para la separación a la hora de entrar en su vida pública, para recorrer al lado de su hijo el camino de la cruz; para esperar la Resurrección, para separarse de Él en su Ascensión y para esperar por el momento en que se reunieran en el cielo.
Y esta fe y esperanza de María que fluyen tan abundantemente de su caridad, la preparan para la gran noche del alumbramiento: la noche de Navidad, cuando el Hijo de Dios y de María nace en un establo de Belén en medio de vicisitudes, negaciones, rechazo, pobreza…
Su espera, su fe y su caridad la hacen descubrir en esa noche fría, y entre animales, la gran noche de la gloria de Dios, donde el Mesías nace para traer a los hombres la salvación.

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