Dones y carismas en la vida de la Iglesia

Pbro. José Avila Gallo

“El Espíritu Santo cuando viene otorga dones”, decía el Papa Pablo VI; y esto está comprobado y experimentado a lo largo de la historia de la Iglesia.
Para cada circunstancia, para cada situación, para cada etapa que ha vivido la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo se ha dejado sentir en el derramamiento de sus dones y carismas, necesarios para el preciso momento o circunstancia en que se vive.
Me viene a la mente, por ejemplo, el carisma de Santo Domingo de Guzmán, en quien el Espíritu Santo suscitó el don de predicar ante el grave problema de la herejía albigense, que amenazaba a la Iglesia en ese tiempo, y que a una con él apareció una nueva orden con el carisma específico de la predicación, y cuyo nombre es precisamente “Orden de Predicadores”.

¿Qué es un carisma?
Un carisma es un don espiritual otorgado por el Espíritu Santo para la edificación de la comunidad cristiana y que se recibe de manera independiente de los méritos del individuo. Un carisma no es una señal de santidad o de mayor unión con Dios, y el cristiano no puede ni atraerlo ni retenerlo sin la concesión del Espíritu.
Uno puede acoger un carisma como don gratuito del Espíritu Santo para la edificación de la comunidad, y ha de ser recibido para ponerlo al servicio de la misma.

 

El Espíritu Santo sopla donde quiere
Gracias a la presencia del Espíritu Santo, y a estos dones y carismas, han surgido dentro de la Iglesia diferentes grupos y movimientos.
Es incontable el número de movimientos que a lo largo de la historia han existido y existen. Este nombre se aplica a grupos y a asociaciones de fieles cristianos que conforman comunidades dentro de la Iglesia Católica, y que tienen una determinada forma de llevar a cabo o de vivir la fe.
En ocasiones están dedicados a la evangelización y a la actividad misionera, a la oración o a apostolados específicos. También son conocidos como movimientos laicales, para diferenciarlos de movimientos o congregaciones religiosas o de vida monástica.

 

Sin embargo, los riesgos existen
Tristemente son frecuentes los grupos que se reúnen alrededor de líderes que suelen considerarse privilegiados por algún carisma especial, o por alguna experiencia religiosa, como si fueran emisarios directos de Dios, de Jesucristo o de la Virgen María.
Ante esta situación, es necesario considerar que Dios otorga, por medio del Espíritu Santo, carismas, de manera gratuita a todos los hombres. Podemos ver los tipos de carismas en Romanos 12, 6-8, 1ª Corintios 12, 7-11 y 1ª Corintios 12, 28-30.
Además, aunque existen –y han existido– a lo largo de la historia, no a todos los hombres les concede Dios la gracia de un carisma extraordinario.
Por otra parte, estos carismas extraordinarios no son indispensables para alcanzar la perfección cristiana, ya que se puede vivir perfectamente una vida cristiana y santa sin tener nunca uno de esos carismas.
No olvidemos que los carismas los otorga el Espíritu Santo para la utilidad del prójimo, no para vanagloria personal, pues el carisma es un regalo de Dios, no un merecimiento del hombre.
Los carismas dados por Dios son buenos (subrayo: los dados por Dios). Pero cuando se buscan, como un fin,surgen necesariamente varias preguntas: ¿en realidad será para luego aplicarlos en beneficio del prójimo, o será por un insano deseo de lo extraordinario, o para satisfacer una enfermiza curiosidad, o para sentirnos seres privilegiados y superiores a nuestros hermanos? ¿O un poco de todo?
Debemos contestarnos esto con toda sinceridad. ¿Por qué buscar los carismas y centrar nuestra religiosidad en ellos? ¿No es esto –en sí mismo– una prueba de cierto desequilibrio? ¿No debemos dejar que el Espíritu Santo sople donde quiera y no donde nosotros queremos?

Ante todo, el amor y la caridad
Tan grave es negar toda intervención sobrenatural de Dios como caer en la superstición de encontrar en todo acciones e intervenciones extraordinarias del Espíritu Santo.
Una religión que desconoce lo sobrenatural es como el agua deshidratada: no existe, ya que niega su propia esencia. Pero las intervenciones extraordinarias son precisamente lo que su nombre indica: extraordinarias. Los dos extremos son malos. Ni escepticismo ni credulismo. Conforme a la fe y a las virtudes, debe juzgarse el origen de los carismas para discernir si realmente son tales.
Tengamos presente que seremos juzgados no por nuestros supuestos o reales carismas, sino por el amor y la caridad; y que existen muchas y genuinas vías de salvación dentro de la Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo dijo que “no todo el que diga ¡Señor, Señor! entrará al Reino de los cielos”, sino quien hace la voluntad de su Padre.
La alabanza a Dios sin una verdadera espiritualidad (genuinamente católica) y una auténtica vida cristiana, es vana.

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