De Babel a Pentecostés

Pbro. Juan José Olmos Medina

El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Amoris Laetitia (La alegría del Amor), en el número 33, al describir someramente la compleja realidad y desafíos de la familia, habla del individualismo con estas palabras: “Hay que considerar el creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca en ciertos casos la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto”.
A éste, el documento añade otros desafíos más, como la cultura de lo provisorio, entender a la familia simplemente como un lugar de paso, afectividades narcisistas, explotación de la infancia y la sensación de abandono por el desinterés de las instituciones.
Son varias las causas que encontramos en la raíz de estos desajustes familiares y sociales, entre ellos la falta de comunicación, la incapacidad de diálogo y la cada vez más carente apertura al otro.
Con ocasión de la fiesta litúrgica de Pentecostés, la efusión del Espíritu Santo, propongo algunas ideas que pueden favorecer y acrecentar la dimensión relacional y de diálogo para la construcción de comunión y comunidad. Para este fin partamos de dos textos, uno del Génesis, el episodio de Babel, y otro de los Hechos de los Apóstoles, la narración de Pentecostés.

Aclaración previa
Este breve relato es interpretado hoy en día en direcciones tan diversas que incluso algunos autores (José Severino Croatto y otros) han llegado a afirmar que tomarlo en oposición a Pentecostés, unificación-dispersión de lenguas, no es del todo correcto, ya que los fines del texto son realmente distintos.
Generalmente, autores antiguos y modernos han venido interpretando el pasaje de la torre de Babel en esta línea, como signo de confusión y dispersión, y como muestra baste recordar que ya desde antiguo, Filón el judío, o Filón de Alejandría, autor fecundo, en sus comentarios alegóricos al Génesis dedicó una de sus obras a este pasaje: “De confusione linguarum”.
Mientras los eruditos descubren y sostienen nuevas líneas interpretativas, nosotros vamos con el aporte que nos ofrece el individualismo, para entender la falta de comunicación y la dispersión social.

Veamos Babel
La historia de Babel (Génesis 11, 1-9) comienza hablando de un colectivo mayor, todo el mundo, toda la humanidad o todas las naciones –según se traduzca– y resalta el texto que se tenía un mismo lenguaje e idénticas palabras.
El comienzo no puede ser más idealista: todos tienen un mismo lenguaje, hay comunidad, diálogo y apertura. El problema viene a continuación con la propuesta de edificar una ciudad y una torre, y con el deseo de “fabricarse también un nombre”, es decir, hacerse famosos, ser identificados o reconocidos.
Dejando el rudimento de la “piedra y el lodo”, pareciera que comienzan un proceso de industrialización en menor escala, la materia se procesa, se introduce la técnica; los ladrillos suplen a la piedra y el alquitrán o betún la argamasa.
Estamos ante un relato donde se repite el pecado de querer igualarse a Dios, de llegar a la cúspide, un relato que en el fondo nos habla de ejercer y concentrar el poder, de absoluta confianza en la capacidad del hombre, de construir y trascender, pero al margen de Dios. Es la edificación de un “nosotros” a partir de la ciudad, la torre y la fama; construcción que terminará en el fracaso por la confusión y la dispersión.
Una torre con la cúspide en los cielos y la búsqueda de fama en el relato, bien podrían sintetizarse como el proceso de endiosamiento. Hay un detalle en todo el pasaje que sorprende: entre el colectivo o el “nosotros” sujeto de los proyectos y Dios, hay silencio, no hay diálogo o comunicación; pareciera incluso que hay ruptura con Yahvé. Sorprende más aún si encuadramos este episodio en los contextos: Noé antes del pasaje y Abraham después; con ambos tiene Dios comunicación frecuente. El silencio y la distancia se ahondan en Babel.

Veamos Pentecostés
Hechos de los Apóstoles, en los primeros dos capítulos, narra, entre otras cosas, cómo se da este bautismo con el Espíritu. Nos dice el texto: “Todos ellos perseveraban juntos en la oración” (Hech 1, 14); y más adelante, al comenzar el capítulo segundo narra: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar”. Con estas referencias podemos ya sentar algunas bases: para que el Espíritu Santo fecunde y plenifique la unidad y la comunión, es necesaria la actitud previa de querer la unidad y buscar la comunión. El Espíritu divino construye la comunión donde hay corazones abiertos al “nosotros”, donde existe la disposición interior de pasar del individualismo a la comunidad.
Los signos que acompañan esta Epifanía del Espíritu son elocuentes también. Además del ruido que viene del cielo y la ráfaga de viento que llena la casa (signos para la colectividad y en colectividad) con resonancias y ecos de acontecimientos del Antiguo Testamento, encontramos las llamas o lenguas de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Resalta la efusión personal o individual del Espíritu Santo en comunidad y para la comunión. La comunión no aniquila ni destruye la propia personalidad.
El texto continúa y presenta a una muchedumbre conformada por individuos provenientes de más de una decena de lugares, que desconcertados, admirados y llenos de estupor escuchan a los apóstoles, y además hablan en su propia lengua y se preguntaban qué querría significar todo aquello.

Babel y Pentecostés
En Babel está el nosotros al margen de Dios, sin diálogo o apertura al Señor; la seguridad puesta en las propias capacidades, se espera llegar a la cúspide como fruto del esfuerzo humano. El nosotros corre el peligro de ser totalitarismo y por lo mismo dominación y represión. En Babel está la despersonalización, no encontramos personas del colectivo llamadas por su nombre, es la masificación y la pérdida del individuo.
En Pentecostés el nosotros está religado a Dios, la comunicación con Él es frecuente: “perseveraban en la oración con un mismo espíritu…”, la seguridad y la esperanza no radican en las fuerzas humanas, sino en la promesa de Jesús: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes”. Así, el nosotros se vuelve testimonio creíble y fecundo a través de una misma lengua, la comunión y el amor.
En Pentecostés, la comunidad la integran individuos llamados por su nombre, no ocupan hacerse o buscarse un nombre, ya lo tienen, los define y los distingue; lo que buscan es la comunión a través de la comunicación, con Dios primero, con los venidos de lejos después, de manera que el diálogo se posibilita y se concreta bajo la acción del Espíritu.

Babel y Pentecostés hoy en día
Cito a Benedicto XVI, que en su homilía de Pentecostés en mayo de 2012 decía: “Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición; asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?”.Estas palabras retratan a la perfección nuestra sociedad actual.
¿Hay solución o vías de acceso a la comunión?, ¿hemos llegado ya a la cúspide en la edificación de nuestra torre y en el engrandecimiento humano?, ¿son la “dispersión y la confusión actuales” signos evidentes de nuestros propios límites?, ¿cómo accesar a la comunión?
Doy la palabra nuevamente a Benedicto XVI en la homilía citada: “Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión”.
Conclusión
Difícilmente la tecnología nos llevará a la formación de verdaderas comunidades, hasta ahora sin que sea objetivo manifiesto, pero sí consecuencia evidente. La tecnología en muchos campos nutre y multiplica el individualismo exacerbado con que se abanderan cada vez más causas que segregan y destruyen, más que unir y edificar. Ejemplo de esto son afirmaciones como: “Es tu vida, tú decides; es mi cuerpo, es nuestro derecho, es cosa mía, y un largo etcétera”.
Desde esta perspectiva, negarnos al diálogo con Dios y confiarlo todo al potencial humano junto con sus fragilidades, da paso a la deformación del hombre. El camino de endiosamiento termina siendo camino de caos y autodestrucción.
En la construcción de un mundo mejor no podemos prescindir de Dios; en la edificación y el cuidado de la “casa común” no bastan nuestros recursos. Recordemos el Salmo 127: “Si Dios no construye la casa, en vano se cansan los constructores”.
Desde esta perspectiva, negarnos al diálogo y a la toma de acuerdos en común es ir contra nuestra propia naturaleza de seres sociales-relacionales, dejamos de ser hombres para considerarnos objetos, que al igual que muchas otras cosas, entran en la dinámica de lo desechable.
Cuando negamos la palabra al hermano, con un silencio que lastima, recurrimos a la violencia; porque negar la comunicación es otra forma de violentar las relaciones humanas y fraternas provocando el caos y la dispersión.
Termino con palabras de Benedicto XVI: “Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une”.

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